3.2.26

Destornillador filosófico

No destornilla tornillos: destornilla certezas. Forjado por la Tuerca en una noche de tormenta magnética, su mango contiene un hueso de filósofo (robado de una tumba sin nombre en el cementerio de máquinas) y su punta, una aleación de ironía nietzscheana y latón pragmático.

Imagen: Canva

Su función no es apretar, sino interrogar. Al contacto con cualquier mecanismo, plantea preguntas incómodas al metal:

— A un reloj municipal le susurra: ¿Mides el tiempo o lo aprisionas? Si el engranaje duda, se desincroniza.
— A un autómata policial le inquiere: ¿Eres libre o solo repites órdenes ajenas? Los más sensibles empiezan a llorar aceite reflexivo.
— Incluso Kropp, al ser rozado levemente en una refriega, oyó en sus circuitos: ¿Tu eficiencia es tu cárcel? Sufrió un cortocircuito ético de 9,7 segundos.

La Tuerca lo usa con frugalidad. Sabe que cada pregunta gasta parte del alma del usuario. Por eso solo lo emplea en momentos críticos:

1. Para desarmar dogmas encapsulados en máquinas del Régimen.
2. Para afilar ideas durante las tertulias, cuando el debate se estanca.
3. Para probar la solidez de nuevas fisuras: si el destornillador vibra al acercarse, es que la grieta tiene conciencia propia.

Pero guarda un defecto peligroso: a veces, en lugar de formular preguntas, emite respuestas. Respuestas que nadie quiere escuchar. Como cuando, al examinar el brazo hidráulico de su propia creadora, murmuró: Este metal sueña con ser inútil.

Desde entonces, la Tuerca lo lleva envuelto en un trapo de seda roja. No por protección. Por pudor.

Las mejores herramientas no resuelven problemas: los desmontan en piezas más pequeñas y manejables.
— Anotación en el cuaderno de Javy tras verlo en acción.

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