Escribir no es trazar signos sobre papel. Es clavar un cincel de silencio en el muro del presente y abrir una rendija por donde se cuela el viento de otros tiempos. Cada palabra es un resquicio que conecta el café frío de esta tarde con el primer suspiro que flotó en la taberna cuando aún se discutía a Lorca en 1983.
Por esa grieta respiran los ayeres: el señor Ortiz joven, con la mano de su mujer aún cálida bajo la mesa; Leonor ajustando su reloj de carbón antes de convertirse en leyenda; Clara fotografiando fantasmas que aún no saben que lo son. Sus voces emergen entre las líneas, empañando los márgenes del ahora como el vaho en un espejo.
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| Imagen: Canva |
Pero también soplan los mañanas: versos no escritos, finales alternativos para historias que aún cojean, ciudades de vapor donde los desenlaces se recosen con hilo rebelde. El acto de escribir siembra un túnel hacia lo que pudo ser y podría ser, desdibujando la tiranía del cronómetro oficial.
Javy lo sabe. Por eso sus relatos en servilletas son actos de sabotaje temporal: cuando escribe la grieta del espejo, no describe, invoca. Está perforando el ahora para que respire el niño que fue, el hombre que será y la madre que existe en todos los tiempos a la vez.
Escribir es ese ritual vanarquista que convierte el tiempo en un acordeón de papeles húmedos. Un artefacto para volar las costuras del régimen lineal. Una fisura que nunca se cierra, porque por ella entra y sale la eternidad.
Cada relato es una fuga disfrazada de tinta.
— Anotación encontrada en el taller de Leonor.
IA: Deep

Me ha encantado. Es una verdad fantástica.
ResponderEliminarUn besote.
A veces, la verdad fantástica no coincide con la habitual.
EliminarBesitos 😘